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Miércoles, 01 Julio 2015 11:09

Juegos de la VIII Olimpiada, París 1924

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Juegos de la VIII Olimpiada, París 1924

Paris 1924Conrado Durántez, Presidente de la Academia Olímpica Española, realiza en esta serie de artículos un recorrido por las Olimpiadas de la Era Moderna desde la restauración del Movimiento Olímpico por Pierre de Coubertin en 1894 hasta nuestros días. En este capítulo volvemos a París a quien se adjudicó la celebración de los Juegos de la VIII Olimpiada de la Era Moderna.

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La capital de Francia batía un récord repi­tiendo Juegos por primera vez en la historia olímpica. En esta ocasión las recomendacio­nes de Coubertin amparadas con su autoridad moral, fueron el factor decisivo de la adjudi­cación. Hay en París un nuevo récord de asis­tencia, 1075 atletas pertenecientes a cuarenta y cuatro países. Por primera vez se construye una Villa Olímpica destinada al alojamiento de los atletas, de madera y de muy modesto confort1.

Los segundos Juegos Parisinos supusieron una positiva compensación a la desastrosa organización de la edición precedente.

La gran figura de los VIII Juegos, fue sin duda alguna el enjuto corredor finlandés Paavo Nurmi, ya campeón en la edición precedente y que, con gran autoridad, ganó las pruebas de 1.500, 5.000 metros, campo a través individual y por equipos. Su facilidad en la carrera le valió el apodo del finlandés volador. Su paisano Ville Ritola no le fue a la zaga, consiguiendo los triunfos de 10.000 y 3.000 metros obstáculos, campo a través por equipos y 3.000 metros por equipos2.

Johnny Weissmüller - Tarzan

Johnny Weissmüller "Tarzan" (USA)

Un joven norteamericano de veinte años asombra en natación en donde vence en las pruebas de 100 y 400 metros. Es Johnny Weissmüller, convertido años después en el más famoso «Tarzán» del cine. Weissmüller, aquejado de poliomielitis cuando era niño, se inició en la práctica de la natación como medio rehabilitador de sus limitaciones. Con férrea voluntad superó las secuelas claudicantes de la enfermedad y, recuperándose a sí mismo, se elevó hasta la cota del oro olímpico en el que conseguiría tres medallas en París, más una cuarta cuatro años después en Amsterdam3.

Medallas Paris 1924

Medallas de los Juegos de la VIII Olimpiada - París 1924

Los atletas ingleses Harold Abraham y Erik Liddel triunfan en las pruebas de 100 y 400 metros lisos respectivamente. Su gesta daría origen a la famosa película Carros de Fuego. Liddel que era pastor anglicano, se negó a correr los 100 metros lisos en domingo, debido a sus convicciones religiosas4. El sueco Alfred Swah, hijo de Oscar Swah con quien había competido en el mismo equipo en Londres en 1908 ganando ambos una medalla de oro, ob­tiene su novena y última medalla olímpica (bronce) a la edad de 45 años. El fornido lan­zador americano Clarence Houser consigue la inigualada hazaña de vencer en peso y disco, y su compañero de equipo Robert Le Gendre, bate el récord del mundo de salto de longitud cuando competía en el pentatlón.

Harold Abraham

Harold Abraham (GBR)

Los concursos de arte olímpico, fueron orga­nizados por el Marqués de Polignac por expreso encargo de Coubertin, desarrollándose a la satisfacción de éste y al nivel que el olimpismo requería5. De todas formas, de los cinco con­cursos programados, el de música quedó de­sierto en sus tres categorías y el de arquitectu­ra en el primer premio. Por el contrario, en el de escultura, la obra ganadora denominada «discóbolo finlandés» del griego Constantin Dimitriadis, fue una magnífica pieza en bron­ce en donde el autor emulando la milenaria escuela de su compatriota Beocio Mirón, plasma al atleta en el instante de concentrada quietud, previo el explosivo estallido del lanzamiento. Hoy día, la obra está ubicada sobre un elevado pedestal dando frente a la entrada del majes­tuoso Estadio Olímpico de Atenas, escenario de los primeros juegos modernos6. La veta cultural del olimpismo y su ejecución real y práctica seguía siendo en la época constante preocupación de Coubertin:

«Después de los Juegos de la VII Olimpiada —decía— recuer­do haber deseado un universalismo más com­pleto, más absoluto. Después de la VIII Olim­piada me preocupa el intelectualismo. Y es que los últimos Juegos, a pesar del meritorio y be­llo esfuerzo intentado para revestirlos de arte y pensamiento, han seguido siendo demasiado “campeonatos del mundo”. Es necesario por supuesto que lo sean, pero es necesario además otra cosa: la presencia de los genios nacionales, la colaboración de las musas, el culto a la be­lleza, todo el aparato que conviene al podero­so simbolismo, que encarnaban en el pasado los Juegos Olímpicos y que deben continuar representados en nuestros días. De esta mane­ra, los Juegos Olímpicos serán lo que deben ser y sólo eso: la fiesta de la primavera humana ce­lebrada cada cuatro años. Una primavera orde­nada y rítmica, cuya savia esté al servicio del espíritu.»7

I Juegos de Invierno Chamonix 1924En 1924 se inician los Juegos de Invierno pese a la reticencia y abierta oposición de los países escandinavos, que se atribuían el patro­nazgo exclusivo de este tipo de competiciones. Una pactada «Semana Internacional de De­portes de Invierno con ocasión de los Juegos de la VIII Olimpiada» a desarrollar en el Mont Blanc en la localidad de Chamonix entre los días 25 de enero al 5 de febrero de aquel año, fue el origen y a la vez, la primera edición así reconocida por la actual Carta Olímpica, de los Juegos Olímpicos de Invierno8. El COI en su XXIV Sesión de Praga en el año 1925, acordó que los Juegos de Invierno se organizasen cada cuatro años, como los de verano, bien en el mismo país que acogía a aquellos o en otro dis­tinto. Sesenta y un años después, en Lausana, el COI acordó que los Juegos de Invierno se al­ternen con los de verano cada dos años. Por ello en 1992 fue la última olimpiada que aco­gió a todos los deportes, los de verano en Bar­celona y en Albertville los de invierno.

Con el recelo ya expresado de los países nórdicos, se desarrolló esta primera edición de juegos inver­nales en Chamonix que obtuvo un gran éxito; 294 participantes compitieron en representa­ción de dieciséis países, destacando el noruego Thorleif Haug, ganador de tres medallas de oro en las disciplinas nórdicas de 18 y 50 kms y combinada. Una graciosa patinadora noruega de 11 años, llamará la atención por su peculiar estilo. Es Sonja Henie, que pasados unos años se convertirá en la patinadora más famosa del mundo.

Durante el Congreso de Praga inaugurado el 26 de mayo de 1925, Coubertin ha de luchar contra el fantasma exhumado del amateurismo, al cual ya hemos hecho mención en anteriores ediciones de los juegos, así como contra la catalogación del olimpismo como actividad pagana, según opinión de algunos sectores holandeses anfitriones de los Juegos de la IX Olimpiada.

«¿Es que a esta Olimpiada —comenta airadamente Couber­tin— va a atribuirse un récord sin precedentes, el de la mentecatez?»9

Dos años más tarde, el 17 de abril de 1927, el restaurador envía una carta desde las evocadoras ruinas de Olimpia a la «juventud deporti­va de todas las naciones» en donde en conciso y expresivo texto, les recuerda una obligación de futuro.

«Mis amigos y yo —decía— no he­mos trabajado para devolveros los Juegos con el fin de hacer de ellos un objeto de museo o de cine, ni para que se vean sojuzgados por in­tereses mercantiles o electorales. Hemos querido, renovando una institución, veinticinco siglos secular, que pudieseis convertiros nuevamente en adeptos a la religión del depor­te..., en un mundo moderno en donde ante la amenaza de peligrosas decadencias, el olim­pismo puede constituir una escuela de noble­za e integridad morales y, asimismo, de ener­gía física»10.

Conde de Baillet-Latour

Conde de Baillet-Latour (BEL) - 3er Presidente del Comité Internacional Olímpico

Durante el Congreso de Praga, el día 28 de mayo de 1925, fue elegido el aristócrata belga Conde de Baillet-Latour, como sucesor de Coubertin, ante la decisión irrevocable de aquel de no continuar en el cargo que había desempeñado durante más de treinta años. El nuevo Presidente se había granjeado el respe­to y la admiración de sus colegas ante la teso­nera y fecunda labor olímpica desarrollada, aportando, además de su probada vocación y juventud, un rico y estructurado bagaje olím­pico, inteligencia penetrante y mordaz, mara­villoso tacto y extraordinaria habilidad organizadora11.

Fuente: DURÁNTEZ, Conrado: Las Olimpiadas Modernas, Madrid. 2004, pág. 31 y ss.
Conrado Durantez UABCONRADO DURÁNTEZ
Es Presidente de Honor del Comité Internacional Pierre de Coubertin, Presidente fundador del Comité Español Pierre de Coubertin, Presidente fundador de la Asociación Panibérica de Academias Olímpicas y también Presidente fundador de la Academia Olímpica Española y Miembro de la Comisión de Cultura del Comité Olímpico Internacional hasta 2015. Ha intervenido en la constitución de más de una veintena de Academias Olímpicas en Europa, América y África. Su vocación por el Olimpismo ha sido proyectada en constantes y numerosas intervenciones en congresos mundiales, conferencias y simposios diversos, así como en la publicación de numerosos artículos en periódicos y revistas especializadas nacionales y extranjeras dedicados al examen y estudio del fenómeno olímpico.

 CITAS:

1 THARRATS, J. G.: Historia de los Juegos Olímpicos, pág. 327.

DURÁNTEZ, Conrado: El Olimpismo y sus Juegos. pág. 48

2 MEYER, Gastón: El fenómeno olímpico, pág. 123.

DURÁNTEZ, Conrado: Op. cit., pág. 49.

THARRATS, J.G.: Op. cit., pág. 351.

FAURIA, Juan: Héroes olímpicos, pág. 49.

3 THARRATS, J.G.: Op. cit., págs. 363 y 367.

4 HENRY Bill: Historia de los Juegos Olímpicos, pág. 197.

5 COUBERTIN, Pierre: Memorias Olímpicas, Pág. 207.

6 DURÁNTEZ, Conrado: Los Juegos Olímpicos Antiguos y su dimensión cultu­ral, II Congreso Panamericano de Arte y Cultura, Guatemala, 1985. Diccionario Labor, pág. 591.

DURÁNTEZ, Conrado: Olimpia, pág. 273.

7 COUBERTIN, Pierre: "Informe oficial de la VIII Olimpiada", en Ideario Olímpi­co, págs. 152 y 153.

8 THARRATS, J. G.: Op. cit., pág. 323.

HENRY, Op. cit., págs. 202 y 203.

9 COUBERTIN, Pierre: Movimiento Olímpico, pág. 212.

10 COUBERTIN, Pierre: Op. cit, págs. 221 y 222.

11 HENRY, Bill: Op. cit., pág. 205.

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